RSS

Archivo de la categoría: Café literario Sender

Literatura y censura.

El hilo conductor de esta sesión fue Literatura y censura, proyectado en tres grandes novelas: El amante de lady Chatterley, de D. H. Lawrence, Lolita, de Vladimir Nabokov, y Viaje al fin de la noche, de L. F. Céline.

Que la cuestión no es pacífica lo prueba la reciente polémica en Francia acerca de la publicación de los panfletos antisemitas de Céline, o, en España, el reciente debate sobre la obra de Nabokov, bien sea para atacarla como manifestación de la cultura patriarcal, bien para defenderla en nombre de una lectura desprejuiciada y libre de la misma, o, lejos de modelos reduccionistas, de la complejidad de lecturas de las buenas novelas.

Y lo que queda:

La sesión de final de temporada, prevista para el día 15 de mayo, la dedicaremos a la excelente escritora francesa Fred Vargas.

… pregúntale entonces, pregúntale a lady Jane; dile que te abra sus puertas para que entre el rey de la gloria.

(El amante de lady Chatterley, D. H. Lawrence, trad. de A. Barba y C. M. Cáceres)

Ambrosio Lacosta.

 

Anuncios
 

Etiquetas: , ,

Sobre traductores…

Esté Café quiso ser un homenaje a los traductores, esos mediadores esenciales entre la lengua de origen de la obra y aquella en que la leemos. ¿Cómo preservar la vibración de la prosa de James Salter, por ejemplo, un fragmento de la cual, de la soberbia Años luz, encabeza estas líneas, sin una traducción solvente?

¿Debo describir el acto de amor que los unió, puede que aquella misma noche? Ella tenía la llave del apartamento de una amiga. Dio tres vueltas a la cerradura; una puerta estrecha y barnizada, una de dos, se abrió. No había alfombras, el suelo estaba frío. Él  no sintió vacilación ni miedo. Era como si nunca hubiese visto a una mujer; lo abrumó verla desnuda, ver la oscuridad en el fondo de su desnudo, su mente musitaba oraciones, sus oídos estaban llenos de susurros. La ciudad se le abrió como un jardín, las calles lo acogieron y recitaron sus nombres. Vio Roma como uno de los ángeles de Dios, desde arriba, desde lejos, sus luces, sus aposentos más pobres. La bendijo, se rindió a su corazón. Se convirtió en su apóstol, creyó en su gracia.

(Años luz, James Salter, trad. de Jaime Zulaika)

Por fortuna, España fue, y es ahora, quizá más que nunca, un país de espléndidos traductores, cualquiera que sea el idioma en que pensemos (francés, inglés, alemán, italiano, portugués, sueco, húngaro, irlandés, ruso, albanés, japonés, etcétera).

La sugerencia de lecturas se limitó a unos pocos libros magníficos en traducciones excelentes, algunos de los cuales son ya parte decisiva de mi educación literaria e incluso sentimental.

Veamos, pues:

Miguel Sáenz. Ha traducido a otros autores y de otros idiomas, pero, para mí, siempre estará asociado al alemán de Thomas Bernhard. No quiero ni pensar en cuál habría sido la suerte de la literatura bernhardiana entre nosotros de no haber caído en manos de este inmenso traductor, cuyo Discurso de ingreso en la Real Academia Española está dedicado precisamente a este oficio.

La propuesta incluyó una obra de Bernhard, la obsesiva Corrección, y otra de W. G. Sebald, Austerlitz. Probablemente, se trata de la obra cumbre de cada uno de estos dos autores. Son dos lecturas muy exigentes, pero de una altura artística muy poco frecuente, que brilla con toda intensidad gracias a una traducción tan lograda.

Después de una neumonía al principio ligera, pero luego, por dejadez y descuido, súbitamente convertida en grave, que me había afectado a todo el cuerpo y me había tenido nada menos que tres meses en el hospital de Wels, situado junto a mi lugar natal y famoso en el campo de las llamadas enfermedades internas, me había dirigido, no a finales de octubre, como me habían aconsejado los médicos, sino ya a principios de octubre, como quería sin falta y bajo mi llamada propia responsabilidad, aceptando una invitación del llamado taxidermista Höller del valle del Aurach, inmediatamente al valle del Aurach y a casa de los Höller, sin dar un rodeo por Stocket para ver a mis padres, inmediatamente a la llamada buhardilla de los Höller, para examinar, y quizá también ordenar enseguida, el legado recibido después del suicidio de mi amigo Roithamer, que había sido amigo también del taxidermista Höller, por una llamada disposición de última voluntad, un legado compuesto de miles de hojas escritas por Roithamer, pero también por el voluminoso manuscrito titulado De Altensam y todo lo relacionado con Altensam, con consideración especial del Cono.

(Corrección, Thomas Bernhard, trad. de Miguel Sáenz)

María Teresa Gallego. Del mismo modo que me resulta imposible disociar a Miguel Sáenz de Thomas Bernhard, me ocurre con María Teresa Gallego y Patrick Modiano. Consigue algo tan difícil como que no se transparenten algunas de esas estructuras del francés que tan mal suenan en español y que arruinan cualquier traducción, y, al mismo tiempo, mantener (no siempre es posible) la imprecisión y vaguedad de las atmósferas modianescas. Como quiera que a Modiano ya lo habíamos leído, sugerí dos clásicos de la literatura francesa traducidos por ella: La señora Bovary (adviértase el cambio del tradicional madame a señora, en términos parecidos a como, en los últimos años, hemos visto pasar de metamorfosis a transformación el título de la icónica obra de Kafka), de Gustave Flaubert, y El Paraíso de las Damas, de Émile Zola.

Carlos Gumpert. Gran traductor del italiano. Me limité a señalar La ciénaga definitiva, de Giorgio Manganelli, una obra extraña, una pieza de literatura onírico-metafísica donde nada sucede, exigente, pero de una profundidad inmensa.

Rajae Boumediane El Metni. Con El pan a secas, de Mohamed Chukri, llegó a nosotros, en una versión irreprochable, el relato de una vida a la intemperie, contada con toda crudeza y sin concesión alguna.

Eustaquio Barjau. La pareja de Peter Handke en términos de traducción. Ver, por ejemplo, su Ensayo sobre el cansancio.

Del insomnio ya han hablado otros bastante: de cómo al final llega incluso a determinar la visión del mundo del insomne, de tal forma que, con la mejor voluntad, sólo puede ver la existencia como una desgracia, cualquier actividad como algo sin sentido, cualquier amor como algo ridículo. De cómo el insomne está tumbado hasta el alba, hasta la pálida luz que para él significa la condenación, una condenación que va más allá de uno mismo, en su infierno del insomnio, que alcanza a la totalidad del ser humano, un ser fracasado que se encuentra en un planeta que no es el suyo. También yo estuve en el mundo de los insomnes (y todavía vuelvo a estar en él una y otra vez). Los primeros pájaros, en la oscuridad todavía, poco antes de llegar la primavera: como ocurría antes a menudo en época de Pascua, como mofándose, pero ahora mandando sus gritos estridentes a la cama de la celda, «otra-vez-una-noche-sin-dormir». Los relojes de los campanarios que tocaban cada cuarto de hora; incluso los más lejanos se oían perfectamente, mensajeros de otro día malo. Los bufidos y los maullidos agudos y penetrantes de dos gatos, enzarzados uno contra otro, cuando nada se mueve, como manifestación sonora, como clara revelación del elemento bestial que se encuentra en el centro de nuestro mundo. Los pretendidos gritos o suspiros de placer de una mujer que, en el aire igualmente quieto, empiezan a oírse de modo inesperado, justamente sobre el cráneo del insomne, como si, después de apretar un botón, se pusiera en marcha una máquina fabricada en serie, como si de repente se dejaran caer todas las máscaras del afecto y aparecieran el egoísmo pánico (aquí no se está amando una pareja, sino que, una vez más, se está amando cada uno a sí mismo en los gritos de su soledad) y la ordinariez general.

(Ensayo sobre el cansancio, Peter Handke, trad. de Eustaquio Barjau)

Joaquín Jordá. Tradujo Camino de sirga, de Jesús Moncada, sin duda, una de las grandes obras de la literatura catalana contemporánea, escrita por un aragonés.

David Paradela. Otro gran traductor del italiano. Basten dos libros: El Giro de Italia, relato del duelo épico entre Fausto Coppi y Gino Bartali en el Giro de 1949, contado, sin saber nada de ciclismo, por el gran Dino Buzzati, que podríamos situar, formando pendant, junto con la no-biografía de Zátopek narrada por Jean Echenoz (traducción de Javier Albiñana), y La piel, de Curzio Malaparte, un retrato implacable de la Nápoles devastada, hambrienta y corrupta de la posguerra.

Carlos Manzano. Autor de una de las últimas versiones de la Recherche, la grandiosa empresa literaria de Proust, un descomunal esfuerzo, con sus infinitas sutilezas, para cualquier traductor.

«¡La señora Albertine se ha marchado!» ¡Cuánto más lejos psicológicamente llega el sufrimiento que la psicología! Un instante antes, mientras me analizaba, había yo creído que aquella separación sin volver a vernos era precisamente lo que yo deseaba y, al comparar la mediocridad de los placeres que me brindaba Albertine con la riqueza de los deseos que me privaba de realizar, me había creído sutil y había concluido que no quería verla más, que había dejado de amarla, pero aquellas palabras ─«La señorita Albertine se ha marchado»─ acababan de infundir a mi corazón tal sufrimiento, que tenía la sensación de no poder resistirlo más. Así, lo que había yo creído que no era nada para mí, era, sencillamente, mi vida entera. ¡Qué poco nos conocemos! Tenía que hacer cesar de inmediato mi sufrimiento; con ternura para conmigo mismo, como mi madre para con mi abuela agonizante, y con esa misma buena voluntad con la que nos negamos a dejar sufrir a quienes amamos, yo me decía: «Ten un segundo de paciencia, te encontraremos un remedio, estate tranquilo, no te dejaremos sufrir así». A esta clase de ideas recurrió mi instinto de conservación para poner los primeros calmantes en mi herida abierta: […]. Sí, hacía un rato, antes de la llegada de Françoise, yo había creído que había dejado de amar a Albertine, había creído que no dejaba nada de lado; había creído conocer, como analista riguroso, el fondo de mi corazón, pero, por grande que sea nuestra inteligencia, no puede columbrar los elementos que lo corrompen y que siguen resultando insospechados, mientras un fenómeno apto para aislarlos no les haya hecho experimentar un comienzo de solidificación desde el estado volátil en el que se mantienen la mayor parte del tiempo. Me había equivocado al creer que veía claro en mi corazón, pero ese conocimiento, que no me habían brindado las percepciones más finas de la inteligencia, acababa de aportármelo ─duro, patente, extraño, como una sal cristalizada─ la brusca reacción del dolor.

(Albertine desaparecida, Marcel Proust, trad. de Carlos Manzano)

Jaime Zulaika. Además de Años luz, ya citada, es traductor de Expiación, tal vez la obra mayor del gran Ian McEwan.

Mercedes Corral. Otro Buzzati, el de Sesenta relatos, entre ellos el inquietante Siete pisos (Nórdica publicó, hace poco tiempo, con el título Siete plantas, y otra traducción, una edición ilustrada por Juan Berrio de este relato), Léxico familiar, de Natalia Ginzburg, y La historia del buen viejo y la bella muchacha, de Italo Svevo.

María Daniela Landa. Tan breve como intensa, tan intensa como breve: Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig.

Y dos malogrados: Mario Merlino (En el culo del mundo, de António Lobo Antunes) y Miguel Martínez-LageAbsalón, Absalón!, la grandiosa novela de William Faulkner).

Y, por fin, si no fuera suficiente con lo visto hasta ahora, he aquí algunas otras asociaciones felices: Philip Roth y Jordi Fibla, Jean Echenoz y Javier Albiñana, Orhan Pamuk y Rafael Carpintero, Flora Casas y V. S. Naipaul, Thomas Mann e Isabel García Adánez, Milan Kundera y Fernando de Valenzuela, Ismail Kadaré y Ramón Sánchez Lizarralde, Marguerite Yourcenar y Julio Cortázar, Vergílio Ferreira e Isabel Soler, Vasili Grossman y Marta Rebón, Cees Nooteboom e Isabel-Clara Lorda, David Foster Wallace y Javier Calvo, Elias Canetti y Juan José del Solar…, e incluso Albert Camus y Rafael Chirbes.

Traductores

Tres grandes traductores: José Luis López Muñoz, María Teresa Gallego y Miguel Sáenz

Ambrosio Lacosta.

 

 

Etiquetas: , ,

Este mes hablamos de…Diarios.

Los paratextos de un ensayo de Andrés Trapiello sobre el género diarístico sostienen que “todos hemos llevado en algún momento de nuestra vida un diario, aunque sólo haya sido una tarde”, “aquélla en la que, sintiéndonos desplazados de todos y de todo, hemos sentido que no había otro lugar en la tierra para nosotros que esa pequeña hoja en blanco”.

Andrés Trapiello

Unos, como es natural, permiten entrar mejor en el orden (o desorden) de los días de quien los escribe, otros van con coraza, algunos son como internarse en la noche oscura del alma (tanto que en los de Sándor Márai y Cesare Pavese, por ejemplo, su final señala el de la misma vida), mientras que otros traen la risa y la ironía, o la mala leche, pero todos permiten ser abiertos por cualquier página y ser degustados de manera caprichosa, al hilo de la propia indeterminación de los días de sus autores.

Naturalmente, hay mucho para elegir. Por limitar y poner un poco de orden, fueron las que siguen las sugerencias de lectura.

Entre los escritos en español, en primer lugar, cómo no, el llamado Salón de pasos perdidos, veintiún volúmenes en Pre-Textos hasta la fecha (el último, publicado en 2017, pero con textos de diez años atrás, es el titulado Mundo es), de Andrés Trapiello. Más de diez mil páginas en total. Creo haberlas leído todas. No creo equivocarme si digo que es nuestro escritor más cervantino.

Son del mayor interés los Diarios de Iñaki Uriarte, que se presenta como alguien que nació en Nueva York, es de San Sebastián y vive en Bilbao. Son hasta ahora tres volúmenes, breves, que corresponden a los años 1999-2003, 2004-2007 y 2008-2010, publicados por la editorial Pepitas de calabaza. Incomprensiblemente, no se hace mención a ellos en el diccionario de Pasé la mañana escribiendo, de Anna Caballé.

Los Diarios de Zenobia Camprubí muestran que, más allá de estar a la sombra del genio de JRJ, era una gran escritora y una mujer refinada y culta.

Con voz de mujer también, la escritura diarística de Laura Freixas, o los Cuadernos de todo, de Carmen Martín Gaite. Y también la ciclópea empresa de la publicación del diario de Virgina Woolf, que inicia la editorial Tres hermanas con el volumen de los años 1915 a 1919.

Podríamos añadir, entre otros, los textos diarísticos de José Luis García Martín, de Jaime Gil de Biedma, de Salvador Pániker, de Carlos Morla Lynch, de Josep Pla, de Miguel_Sánchez Ostiz, de José Jiménez Lozano o de Ricardo Piglia.

Entre los autores extranjeros, limité la mención a Franz Kafka, André Gide, Sándor Márai, Sylvia Plath y los hermanos Goncourt.

En fin, para administrar(se) en dosis homeopáticas.

Ambrosio Lacosta.

 

 

Etiquetas: , ,

Literatura escrita por mujeres.

La mañana de primero de enero de 2007 “hacía un blindadísimo frío. Las estrellas, pocas, como diamantes que no han pasado aún por Spinoza, en bruto” («Mundo es»).

Acostumbra uno, por no variar de liturgia y para aligerar el tránsito, a cerrar los años, con diez de retraso, y, si acaso no hubo tiempo para terminar, a comenzar el siguiente, con su trapiello. Y, tal vez por contagio, quisiera uno llevar una vida cervantina, no por las desventuras, sino por una llaneza sin afectación, rodeado por unos pocos, buenos, libros. Eso y quedarse cada vez más, casi como una máxima de vida, con aquello de Baroja: De lo que se trata es de pasar el rato. Y, ya puestos, también, como Baroja, quisiera uno caer bien siempre a las mujeres inteligentes.

Y no se sabe si por este afán o por llevarlo los tiempos, nuestro Café de enero tuvo como hilo conductor la literatura escrita por mujeres, siendo la primera cuestión la de dilucidar, si ello fuera posible, si existe un género tal, quiero decir, el de la literatura escrita por mujeres, y de haberlo, en qué consiste y en qué se diferencia.

Mientras ello suceda, o no, bueno será prestar la mayor atención a este ramillete de escritoras y sus libros: Anna Maria Ortese: El mar no baña Nápoles y Silencio en Milán; Natalia Ginzburg: Léxico familiar y Las pequeñas virtudes; Marta Sanz: Farándula y Clavícula; Sara Mesa: Cicatriz; Susan Sontag: Cuestión de énfasis, Sobre la fotografía, La enfermedad y sus metáforas / El sida y sus metáforas y Ante el dolor de los demás; Clarice Lispector: La pasión según G.H.; Irène Némirovsky: Suite francesa; Adelaida García Morales: El Sur; Elena Ferrante: la saga “Dos amigas” (La amiga estupenda, Un mal nombre, Las deudas del cuerpo, y La niña perdida); Marguerite Yourcenar: Opus Nigrum; Catherine Meurisse: La levedad; Alison Bechdel: Fun home; Clémence Boulouque: Muerte de un silencio; y Carson McCullers: La balada del café triste.

Natalia Ginzburg

Natalia Ginzburg

Ambrosio Lacosta.

 

 

Etiquetas: , ,

Literatura francesa contemporánea.

La tercera sesión del Café se dedicó a la literatura francesa contemporánea, que incluye, entre otros autores, a Patrick Modiano, Jean Echenoz, Emmanuel Carrère, Pierre Michon y Laurent Mauvignier. En la anterior entrada de este blog puede verse la referencia a alguno de sus libros.

Y, sin abandonar ni Francia ni el café, en esa misma sesión se habló también del interesante ensayo En el café de los existencialistas, de Sara Bakewell.

Patrick Modiano

Patrick Modiano y Françoise Hardy

Ambrosio Lacosta.

 

 

Etiquetas: ,

Diario de Adán y Eva de Mark Twain

En su segundo regreso, el 14 de noviembre de 2017, el Café estuvo dedicado, en particular, al Diario de Adán y Eva, de Mark Twain, representante, aunque tal condición no fuese unánimemente compartida, del humor anglosajón.

Esta breve obra constituye una reelaboración, y, a mi juicio, sobre todo, una inversión de parte de un texto fundacional de nuestra cultura, el Génesis bíblico[1].

ThumbnailHandler

El jardín de las delicias (detalle del panel del Paraíso) (El Bosco)

 

Mark Twain era un hombre obsesionado por la Biblia. Pero, para situarlo en contexto, conviene hacer algunas observaciones: en primer lugar, para apreciar su modernidad, ha de tenerse en cuenta que es un libro publicado a principios del siglo XX; en segundo lugar, la forma narrativa renuncia a la tercera persona, que podría haber dado lugar a un lenguaje sentencioso y autoritario, y recurre a la forma diarística, y dialéctica, logrando así un lenguaje verdaderamente humano; en tercer lugar, se produce una inversión respecto del relato bíblico, ya que es sobre todo Eva la que habla[2], y, además, la que pone nombre a las cosas[3], es decir, la que tiene el poder de la palabra; en cuarto lugar, la expulsión del Paraíso no es tanto un infortunio como la ocasión para una gran historia de amor («Es mejor vivir fuera del Jardín con ella que dentro de él sin ella», y ese bellísimo epitafio[1]: «Allá donde estuviera ella estaba el paraíso»); y, en quinto lugar, en definitiva, ésta es la historia del descubrimiento, por unos seres inocentes, del mundo y, a través de la curiosidad y finalmente del amor, de ellos mismos en cuanto humanos.

De manera incidental se planteó la diferencia entre las distintas traducciones manejadas. Sobre este asunto, nada menor, habrá que volver más adelante[2].

En fin, para nuestra tercera sesión, de la que se dará cuenta más adelante, quedó la primera parada de esa suerte de atlas de la literatura europea contemporánea, la France, con cinco escritores de los que podríamos invocar el clásico “no están todos los que son, pero son todos los que están”, y, sin que el orden de aparición (con algunas sugerencias de lectura) determine su protagonismo: 1. Patrick Modiano: En el café de la juventud perdida, La hierba de las noches y El horizonte; 2. Jean Echenoz: Ravel, Relámpagos, Correr, 14 y Enviada especial; 3. Emmanuel Carrère: El adversario, De vidas ajenas y Limónov; 4. Pierre Michon: Vidas minúsculas, Los Once y El origen del mundo; y 5. Laurent Mauvignier: Hombres.

Ambrosio Lacosta

[1] En relación con la reelaboración de otra historia bíblica, cabe recordar la reciente y espléndida El testamento de María, de Colm Tóibín.
[2] No hay que olvidar lo que puede leerse en textos canónicos como la Primera carta a Timoteo (2: 12-13):“Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer el dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” (Reina Valera).
[3] Es decir, quien está en el logos es Eva. Para Heráclito, la palabra, el logos, es el principio de todas las cosas: como un relámpago, la palabra tiene el poder de iluminar y de convertir el caos en orden, de conferir sentido a lo que parece no tenerlo. Si se tiene en cuenta el poder performativo de las palabras,  es decir, su poder de crear y/o alterar la realidad misma, se comprenderá la importancia de está inversión. El Dios bíblico creó el mundo con palabras, y según el Talmud lo creó con diez expresiones habladas. Según la leyenda, el Gólem de Praga, esa figura de barro, tomó vida al ser escrito en su frente uno de los nombres de Dios, y cuando hubo que destruirlo se borró la primera letra de ese nombre (pasando de emét, “verdad”, a met, “muerto”).
[4] Muy probablemente homenaje a su esposa muerta, Olivia.
[5] Por apuntar algo, aunque no en relación con la obra de Mark Twain, y para poner de manifiesto tal diferencia, aquí va el comienzo de la Recherche proustiana, en su original y en dos versiones: «Longtemps, je me suis couché de bonne heure. Parfois, à peine ma bougie éteinte, mes yeux se fermaient si vite que je n’avais pas le temps de me dire: “Je m’endors.”». Así, Pedro Salinas (Alianza) tradujo: «Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: “Ya me duermo.”». Y Carlos Manzano (Lumen): «Durante mucho tiempo, me acosté temprano. A veces, nada más apagar la vela, los ojos se me cerraban tan deprisa, que no tenía tiempo de decirme: “Me duermo.”».
Ya he advertido alguna vez acerca de la importancia de las traducciones. Quizá una de las pocas cosas en que no puedo estar de acuerdo con Rafael Chirbes es en su idea de que una obra maestra resiste una mala traducción; no lo creo. Por otra parte, están las sutilezas del idioma. Vuelvo a un ejemplo que ya expuse, el comienzo de La hierba de las noches, de Patrick Modiano. La extraordinaria versión de María Teresa Gallego arranca así: Pues no lo soñé. La versión original es ésta: Pourtant je n’ai pas rêvé. Adviértase que la sonoridad del francés conviene mucho mejor a la imprecisión y a la vaguedad de las atmósferas modianescas.

 

 

Etiquetas: , ,

Primera sesión del Café Literario Sender…

Regresa, como el ciclo de las estaciones, este Café literario, con una confianza en la lectura que ni ha de ser inmoderada, si atendemos a la cita de G. C. Lichtenberg que Auden coloca al inicio de uno de sus ensayos («Un libro es como un espejo: si un asno se mira en él, no puede esperar ver reflejado a un apóstol.»), ni ha de olvidar su resistencia al tiempo, como nos advirtió Píndaro («Cuando la ciudad que celebro haya muerto, cuando los hombres a quienes canto se hayan desvanecido en el olvido, mis palabras perdurarán.»), pero conscientes de que la autoinvestidura del lector ante el acto de la lectura, que ejemplifica George Steiner en el espléndido ensayo El lector infrecuente a propósito de Le Philosophe lisant de Chardin, pertenece ya a otro tiempo.

 

Le Philosophe lisant (Chardin)

30c5b4b98e576757fe76c469c393f03f

 

Habré de confesar que he pasado un año admirable en este Café, que cerró la temporada anterior con una sesión dedicada a literatura y viajes. Entonces compartimos, también quienes ahora vuelven, la pasión lectora, nos dimos a conocer libros y autores, escuchamos música (las Goldberg cuando El malogrado de Bernhard[1], a Charlie Parker cuando El perseguidor de Cortázar), y, en fin, fue, desde luego para mí, un lugar de plenitud.

Pero volvamos al presente. En esa exposición inicial de qué hemos leído y qué estamos leyendo, se repitió Patria, de Fernando Aramburu, y aparecieron, con mayor o menor (incluso ningún) aprecio, entre otros, Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin, La España vacía, de Sergio del Molino, El turista desnudo, de Lawrence Osborne, y autores aquí más o menos citados, como Jean Echenoz, Emmanuel Carrère, Javier Marías, Lawrence Sterne y Mario Vargas Llosa.

Para la próxima sesión dos son los hilos conductores propuestos. Por una parte, el dedicado al humor anglosajón. El Diario de Adán y Eva, de Mark Twain, que contiene uno de los mejores homenajes a la mujer que conozco («Dondequiera que ella estaba, allí era el Edén.»), o Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, son lecturas bien recomendables. Y como quiera que ha arrancado este año Más cine, por favor, a cargo de nuestro contertulio Alfonso Gómez, tres libros que hacen de puente entre el cine y la literatura: Alguien voló sobre el nido del cuco, de Ken Kessey, Washington Square, de Henry James, en el que se inspira la película La heredera, y, al hilo del reciente estreno de Mal genio, la historia de Godard y Anne Wiazemsky, Un año ajetreado, de la propia Wiazemsky, el relato de un amour fou (luego, hélas, tan desmoronado: «Je ne veux plus jamais entendre parler de toi, je ne veux plus jamais t´émouvoir, pas plus que je ne veux être ému par toi.») con el trasfondo del París revolucionario, la personalidad de Godard, la condición de las mujeres en la época, François Mauriac,…

Para más adelante, cabría dedicar alguna sesión a escritores magníficos que de manera inexplicable ya no andan de boca en boca, como Robert Walser (autor de la espléndida Jakob von Gunten) o Peter Handke. ¿Y por qué no dedicar un día al deporte, con el relato de ese duelo épico entre Fausto Coppi y Gino Bartali en el Giro de 1949 contado, sin saber nada de ciclismo, por el gran Dino Buzzati, o con la no-biografía de Zátopek narrada por Jean Echenoz? Dejemos también lugar para alguna autora: ¿por qué no Marta Sanz, con alguno de sus últimos libros, como Farándula o Clavícula, o la inolvidable Susan Sontag? O para trazar una especie de atlas de la literatura europea contemporánea, dedicando sesiones monográficas a algunos países.

No olvidemos, por último, que el otoño trae, para quienes somos sus devotos, espléndidos regalos: la reedición de El año que nevó en Valencia, un viejo e inencontrable cuento de Rafael Chirbes, y nada menos que dos Modianos: Souvenirs dormants (también en audiolibro) y Nos débuts dans la vie.

E la nave va…

[1] Sobre Bernhard, Glenn Gould y las Goldberg, puede leerse el reciente texto 35 años sin Glenn Gould, de Enrique Vila-Matas. También, sobre Bernhard, la entrada La vida es música del blog de Félix de Azúa.

Ambrosio Lacosta

 
 

Etiquetas: , , ,

 
A %d blogueros les gusta esto: