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Literatura y censura.

El hilo conductor de esta sesión fue Literatura y censura, proyectado en tres grandes novelas: El amante de lady Chatterley, de D. H. Lawrence, Lolita, de Vladimir Nabokov, y Viaje al fin de la noche, de L. F. Céline.

Que la cuestión no es pacífica lo prueba la reciente polémica en Francia acerca de la publicación de los panfletos antisemitas de Céline, o, en España, el reciente debate sobre la obra de Nabokov, bien sea para atacarla como manifestación de la cultura patriarcal, bien para defenderla en nombre de una lectura desprejuiciada y libre de la misma, o, lejos de modelos reduccionistas, de la complejidad de lecturas de las buenas novelas.

Y lo que queda:

La sesión de final de temporada, prevista para el día 15 de mayo, la dedicaremos a la excelente escritora francesa Fred Vargas.

… pregúntale entonces, pregúntale a lady Jane; dile que te abra sus puertas para que entre el rey de la gloria.

(El amante de lady Chatterley, D. H. Lawrence, trad. de A. Barba y C. M. Cáceres)

Ambrosio Lacosta.

 

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Sobre traductores…

Esté Café quiso ser un homenaje a los traductores, esos mediadores esenciales entre la lengua de origen de la obra y aquella en que la leemos. ¿Cómo preservar la vibración de la prosa de James Salter, por ejemplo, un fragmento de la cual, de la soberbia Años luz, encabeza estas líneas, sin una traducción solvente?

¿Debo describir el acto de amor que los unió, puede que aquella misma noche? Ella tenía la llave del apartamento de una amiga. Dio tres vueltas a la cerradura; una puerta estrecha y barnizada, una de dos, se abrió. No había alfombras, el suelo estaba frío. Él  no sintió vacilación ni miedo. Era como si nunca hubiese visto a una mujer; lo abrumó verla desnuda, ver la oscuridad en el fondo de su desnudo, su mente musitaba oraciones, sus oídos estaban llenos de susurros. La ciudad se le abrió como un jardín, las calles lo acogieron y recitaron sus nombres. Vio Roma como uno de los ángeles de Dios, desde arriba, desde lejos, sus luces, sus aposentos más pobres. La bendijo, se rindió a su corazón. Se convirtió en su apóstol, creyó en su gracia.

(Años luz, James Salter, trad. de Jaime Zulaika)

Por fortuna, España fue, y es ahora, quizá más que nunca, un país de espléndidos traductores, cualquiera que sea el idioma en que pensemos (francés, inglés, alemán, italiano, portugués, sueco, húngaro, irlandés, ruso, albanés, japonés, etcétera).

La sugerencia de lecturas se limitó a unos pocos libros magníficos en traducciones excelentes, algunos de los cuales son ya parte decisiva de mi educación literaria e incluso sentimental.

Veamos, pues:

Miguel Sáenz. Ha traducido a otros autores y de otros idiomas, pero, para mí, siempre estará asociado al alemán de Thomas Bernhard. No quiero ni pensar en cuál habría sido la suerte de la literatura bernhardiana entre nosotros de no haber caído en manos de este inmenso traductor, cuyo Discurso de ingreso en la Real Academia Española está dedicado precisamente a este oficio.

La propuesta incluyó una obra de Bernhard, la obsesiva Corrección, y otra de W. G. Sebald, Austerlitz. Probablemente, se trata de la obra cumbre de cada uno de estos dos autores. Son dos lecturas muy exigentes, pero de una altura artística muy poco frecuente, que brilla con toda intensidad gracias a una traducción tan lograda.

Después de una neumonía al principio ligera, pero luego, por dejadez y descuido, súbitamente convertida en grave, que me había afectado a todo el cuerpo y me había tenido nada menos que tres meses en el hospital de Wels, situado junto a mi lugar natal y famoso en el campo de las llamadas enfermedades internas, me había dirigido, no a finales de octubre, como me habían aconsejado los médicos, sino ya a principios de octubre, como quería sin falta y bajo mi llamada propia responsabilidad, aceptando una invitación del llamado taxidermista Höller del valle del Aurach, inmediatamente al valle del Aurach y a casa de los Höller, sin dar un rodeo por Stocket para ver a mis padres, inmediatamente a la llamada buhardilla de los Höller, para examinar, y quizá también ordenar enseguida, el legado recibido después del suicidio de mi amigo Roithamer, que había sido amigo también del taxidermista Höller, por una llamada disposición de última voluntad, un legado compuesto de miles de hojas escritas por Roithamer, pero también por el voluminoso manuscrito titulado De Altensam y todo lo relacionado con Altensam, con consideración especial del Cono.

(Corrección, Thomas Bernhard, trad. de Miguel Sáenz)

María Teresa Gallego. Del mismo modo que me resulta imposible disociar a Miguel Sáenz de Thomas Bernhard, me ocurre con María Teresa Gallego y Patrick Modiano. Consigue algo tan difícil como que no se transparenten algunas de esas estructuras del francés que tan mal suenan en español y que arruinan cualquier traducción, y, al mismo tiempo, mantener (no siempre es posible) la imprecisión y vaguedad de las atmósferas modianescas. Como quiera que a Modiano ya lo habíamos leído, sugerí dos clásicos de la literatura francesa traducidos por ella: La señora Bovary (adviértase el cambio del tradicional madame a señora, en términos parecidos a como, en los últimos años, hemos visto pasar de metamorfosis a transformación el título de la icónica obra de Kafka), de Gustave Flaubert, y El Paraíso de las Damas, de Émile Zola.

Carlos Gumpert. Gran traductor del italiano. Me limité a señalar La ciénaga definitiva, de Giorgio Manganelli, una obra extraña, una pieza de literatura onírico-metafísica donde nada sucede, exigente, pero de una profundidad inmensa.

Rajae Boumediane El Metni. Con El pan a secas, de Mohamed Chukri, llegó a nosotros, en una versión irreprochable, el relato de una vida a la intemperie, contada con toda crudeza y sin concesión alguna.

Eustaquio Barjau. La pareja de Peter Handke en términos de traducción. Ver, por ejemplo, su Ensayo sobre el cansancio.

Del insomnio ya han hablado otros bastante: de cómo al final llega incluso a determinar la visión del mundo del insomne, de tal forma que, con la mejor voluntad, sólo puede ver la existencia como una desgracia, cualquier actividad como algo sin sentido, cualquier amor como algo ridículo. De cómo el insomne está tumbado hasta el alba, hasta la pálida luz que para él significa la condenación, una condenación que va más allá de uno mismo, en su infierno del insomnio, que alcanza a la totalidad del ser humano, un ser fracasado que se encuentra en un planeta que no es el suyo. También yo estuve en el mundo de los insomnes (y todavía vuelvo a estar en él una y otra vez). Los primeros pájaros, en la oscuridad todavía, poco antes de llegar la primavera: como ocurría antes a menudo en época de Pascua, como mofándose, pero ahora mandando sus gritos estridentes a la cama de la celda, «otra-vez-una-noche-sin-dormir». Los relojes de los campanarios que tocaban cada cuarto de hora; incluso los más lejanos se oían perfectamente, mensajeros de otro día malo. Los bufidos y los maullidos agudos y penetrantes de dos gatos, enzarzados uno contra otro, cuando nada se mueve, como manifestación sonora, como clara revelación del elemento bestial que se encuentra en el centro de nuestro mundo. Los pretendidos gritos o suspiros de placer de una mujer que, en el aire igualmente quieto, empiezan a oírse de modo inesperado, justamente sobre el cráneo del insomne, como si, después de apretar un botón, se pusiera en marcha una máquina fabricada en serie, como si de repente se dejaran caer todas las máscaras del afecto y aparecieran el egoísmo pánico (aquí no se está amando una pareja, sino que, una vez más, se está amando cada uno a sí mismo en los gritos de su soledad) y la ordinariez general.

(Ensayo sobre el cansancio, Peter Handke, trad. de Eustaquio Barjau)

Joaquín Jordá. Tradujo Camino de sirga, de Jesús Moncada, sin duda, una de las grandes obras de la literatura catalana contemporánea, escrita por un aragonés.

David Paradela. Otro gran traductor del italiano. Basten dos libros: El Giro de Italia, relato del duelo épico entre Fausto Coppi y Gino Bartali en el Giro de 1949, contado, sin saber nada de ciclismo, por el gran Dino Buzzati, que podríamos situar, formando pendant, junto con la no-biografía de Zátopek narrada por Jean Echenoz (traducción de Javier Albiñana), y La piel, de Curzio Malaparte, un retrato implacable de la Nápoles devastada, hambrienta y corrupta de la posguerra.

Carlos Manzano. Autor de una de las últimas versiones de la Recherche, la grandiosa empresa literaria de Proust, un descomunal esfuerzo, con sus infinitas sutilezas, para cualquier traductor.

«¡La señora Albertine se ha marchado!» ¡Cuánto más lejos psicológicamente llega el sufrimiento que la psicología! Un instante antes, mientras me analizaba, había yo creído que aquella separación sin volver a vernos era precisamente lo que yo deseaba y, al comparar la mediocridad de los placeres que me brindaba Albertine con la riqueza de los deseos que me privaba de realizar, me había creído sutil y había concluido que no quería verla más, que había dejado de amarla, pero aquellas palabras ─«La señorita Albertine se ha marchado»─ acababan de infundir a mi corazón tal sufrimiento, que tenía la sensación de no poder resistirlo más. Así, lo que había yo creído que no era nada para mí, era, sencillamente, mi vida entera. ¡Qué poco nos conocemos! Tenía que hacer cesar de inmediato mi sufrimiento; con ternura para conmigo mismo, como mi madre para con mi abuela agonizante, y con esa misma buena voluntad con la que nos negamos a dejar sufrir a quienes amamos, yo me decía: «Ten un segundo de paciencia, te encontraremos un remedio, estate tranquilo, no te dejaremos sufrir así». A esta clase de ideas recurrió mi instinto de conservación para poner los primeros calmantes en mi herida abierta: […]. Sí, hacía un rato, antes de la llegada de Françoise, yo había creído que había dejado de amar a Albertine, había creído que no dejaba nada de lado; había creído conocer, como analista riguroso, el fondo de mi corazón, pero, por grande que sea nuestra inteligencia, no puede columbrar los elementos que lo corrompen y que siguen resultando insospechados, mientras un fenómeno apto para aislarlos no les haya hecho experimentar un comienzo de solidificación desde el estado volátil en el que se mantienen la mayor parte del tiempo. Me había equivocado al creer que veía claro en mi corazón, pero ese conocimiento, que no me habían brindado las percepciones más finas de la inteligencia, acababa de aportármelo ─duro, patente, extraño, como una sal cristalizada─ la brusca reacción del dolor.

(Albertine desaparecida, Marcel Proust, trad. de Carlos Manzano)

Jaime Zulaika. Además de Años luz, ya citada, es traductor de Expiación, tal vez la obra mayor del gran Ian McEwan.

Mercedes Corral. Otro Buzzati, el de Sesenta relatos, entre ellos el inquietante Siete pisos (Nórdica publicó, hace poco tiempo, con el título Siete plantas, y otra traducción, una edición ilustrada por Juan Berrio de este relato), Léxico familiar, de Natalia Ginzburg, y La historia del buen viejo y la bella muchacha, de Italo Svevo.

María Daniela Landa. Tan breve como intensa, tan intensa como breve: Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig.

Y dos malogrados: Mario Merlino (En el culo del mundo, de António Lobo Antunes) y Miguel Martínez-LageAbsalón, Absalón!, la grandiosa novela de William Faulkner).

Y, por fin, si no fuera suficiente con lo visto hasta ahora, he aquí algunas otras asociaciones felices: Philip Roth y Jordi Fibla, Jean Echenoz y Javier Albiñana, Orhan Pamuk y Rafael Carpintero, Flora Casas y V. S. Naipaul, Thomas Mann e Isabel García Adánez, Milan Kundera y Fernando de Valenzuela, Ismail Kadaré y Ramón Sánchez Lizarralde, Marguerite Yourcenar y Julio Cortázar, Vergílio Ferreira e Isabel Soler, Vasili Grossman y Marta Rebón, Cees Nooteboom e Isabel-Clara Lorda, David Foster Wallace y Javier Calvo, Elias Canetti y Juan José del Solar…, e incluso Albert Camus y Rafael Chirbes.

Traductores

Tres grandes traductores: José Luis López Muñoz, María Teresa Gallego y Miguel Sáenz

Ambrosio Lacosta.

 

 

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Este mes hablamos de…Diarios.

Los paratextos de un ensayo de Andrés Trapiello sobre el género diarístico sostienen que “todos hemos llevado en algún momento de nuestra vida un diario, aunque sólo haya sido una tarde”, “aquélla en la que, sintiéndonos desplazados de todos y de todo, hemos sentido que no había otro lugar en la tierra para nosotros que esa pequeña hoja en blanco”.

Andrés Trapiello

Unos, como es natural, permiten entrar mejor en el orden (o desorden) de los días de quien los escribe, otros van con coraza, algunos son como internarse en la noche oscura del alma (tanto que en los de Sándor Márai y Cesare Pavese, por ejemplo, su final señala el de la misma vida), mientras que otros traen la risa y la ironía, o la mala leche, pero todos permiten ser abiertos por cualquier página y ser degustados de manera caprichosa, al hilo de la propia indeterminación de los días de sus autores.

Naturalmente, hay mucho para elegir. Por limitar y poner un poco de orden, fueron las que siguen las sugerencias de lectura.

Entre los escritos en español, en primer lugar, cómo no, el llamado Salón de pasos perdidos, veintiún volúmenes en Pre-Textos hasta la fecha (el último, publicado en 2017, pero con textos de diez años atrás, es el titulado Mundo es), de Andrés Trapiello. Más de diez mil páginas en total. Creo haberlas leído todas. No creo equivocarme si digo que es nuestro escritor más cervantino.

Son del mayor interés los Diarios de Iñaki Uriarte, que se presenta como alguien que nació en Nueva York, es de San Sebastián y vive en Bilbao. Son hasta ahora tres volúmenes, breves, que corresponden a los años 1999-2003, 2004-2007 y 2008-2010, publicados por la editorial Pepitas de calabaza. Incomprensiblemente, no se hace mención a ellos en el diccionario de Pasé la mañana escribiendo, de Anna Caballé.

Los Diarios de Zenobia Camprubí muestran que, más allá de estar a la sombra del genio de JRJ, era una gran escritora y una mujer refinada y culta.

Con voz de mujer también, la escritura diarística de Laura Freixas, o los Cuadernos de todo, de Carmen Martín Gaite. Y también la ciclópea empresa de la publicación del diario de Virgina Woolf, que inicia la editorial Tres hermanas con el volumen de los años 1915 a 1919.

Podríamos añadir, entre otros, los textos diarísticos de José Luis García Martín, de Jaime Gil de Biedma, de Salvador Pániker, de Carlos Morla Lynch, de Josep Pla, de Miguel_Sánchez Ostiz, de José Jiménez Lozano o de Ricardo Piglia.

Entre los autores extranjeros, limité la mención a Franz Kafka, André Gide, Sándor Márai, Sylvia Plath y los hermanos Goncourt.

En fin, para administrar(se) en dosis homeopáticas.

Ambrosio Lacosta.

 

 

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Del color de la leche

Por último conocimos a una novelista inglesa que nos maravilló, Nell Leyshon; comenzó tarde a escribir pero sus obras han sido acogidas con muy buenas críticas por parte del público. Ganó numerosos premios y reconocimientos con sus textos para teatros  y en el 2010 el Shakespeare´s  Globe  Theatre de Londres produjo su obra “Bedlam” con lo que se convirtió en la primera obra escrita por una mujer en ser representada en este espacio.

Del color de la leche

“Del color de la leche” nos cuenta la historia de Mary, una adolescente que vive en una granja de un pequeño condado rural de Inglaterra, en el seno de una familia que  se maldice continuamente por la desgracia de no tener ningún hijo varón,  donde la escasez es su norma y la fuerza física para trabajar su único valor. Mary la protagonista tiene una discapacidad física en una pierna lo que le impide, además, ser valorada igual que el resto de sus hermanas  y por ello es enviada a casa del vicario para cuidar a la esposa de este último que se encuentra postrada en una cama víctima de una larga enfermedad.  Allí conoce un ambiente totalmente diferente al que ella estaba habituada, y allí, se hace obvia su falta de educación y descaro, propio del lugar en el que le ha tocado vivir.

El  tiempo vuelve a dar un giro en su vida, muere la señora del vicario y pese a que ella piensa que será enviada de vuelta a su hogar se queda en la casa al cuidado de un hombre que la humilla día tras día. Ella sufre esta dominación que le oprime y solo le salva la motivación que tiene por aprender a leer y escribir. Una vez que ella cree que ha completado este aprendizaje decide poner fin a esta situación de una manera sobrecogedora.

La novela comienza con la presentación de la protagonista de su puño y letra; “soy mary  eme-a-erre-y  y este es mi libro y lo estoy escribiendo con mis propias manos”… así es como ella orgullosa de su aprendizaje  narra esta historia en la que se sucede el tiempo al compás de las estaciones y el trabajo en el campo, la siembra, la cosecha, primavera, verano, otoño…  Quizás lo que menos importe sean los hechos en sí de esta novela sino que, lo que realmente llama la atención es la forma y el estilo de escritura de la misma; una novela escrita totalmente en minúsculas, sin signos de puntuación,  muchas conjunciones “y”, frases cortas y  sencillas y lenguaje casi infantil. Poco a poco y gracias a su duro aprendizaje,  la protagonista es capaz de escribir con más soltura sus pensamientos y se aprecia un cambio en la escritura  con la aparición de signos de puntuación y oraciones más complejas. Mary tiene prisa por contar su historia, escribe con la premura de saber que si no lo escribe lo olvida o se pierde y ella lo que pretende es que su relato sea  testigo de sus vivencias. Esta manera de escribir nos sorprendió bastante, nos gustó la sencillez que transmite y sobre todo la pureza que habita entre sus líneas.

Con estas recomendaciones me despido hasta la próxima sesión y os deseo que tengáis como siempre… ¡felices lecturas!.

Inés Mur.

 

 

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The Remains of the day, Kazuo Ishiguro

The remains of the day is the fourth book by Ishiguro we have read in our reading club after “Never let me go”, “A pale view of the hills” and “Nocturne”s and his third in his literary career. As we all agreed in this novel regret and memories are again the theme round the author focuses all his writing.

The remains of the day

The novel is an accurate portrait of both its main protagonist and the vanished social order of the time. For the last 30 years  Stevens, an elderly butler, has devoted his life to the concept of dignity and honour at Darlington Hall, the old mansion where Lord Darlington lives. He is reserved and his only ambition is to reach the pinnacle of his profession through selfless dedication and total suppression of sentiment. He is proud of his impassive response to his father’s death and his correct behaviour with a former housekeepr, Miss Kenton.

Along the book Stevens remembers his life at Darlingotn Hall to find he has wasted his life in blind service to a man who had the wrong ideas and that he has never discovered the “key to human warmtn”.

Sway : https://sway.com/DS2RaNU9Abd9HRua?ref=Link

Pilar Martínez-Sapiña.

 

 

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Literatura escrita por mujeres.

La mañana de primero de enero de 2007 “hacía un blindadísimo frío. Las estrellas, pocas, como diamantes que no han pasado aún por Spinoza, en bruto” («Mundo es»).

Acostumbra uno, por no variar de liturgia y para aligerar el tránsito, a cerrar los años, con diez de retraso, y, si acaso no hubo tiempo para terminar, a comenzar el siguiente, con su trapiello. Y, tal vez por contagio, quisiera uno llevar una vida cervantina, no por las desventuras, sino por una llaneza sin afectación, rodeado por unos pocos, buenos, libros. Eso y quedarse cada vez más, casi como una máxima de vida, con aquello de Baroja: De lo que se trata es de pasar el rato. Y, ya puestos, también, como Baroja, quisiera uno caer bien siempre a las mujeres inteligentes.

Y no se sabe si por este afán o por llevarlo los tiempos, nuestro Café de enero tuvo como hilo conductor la literatura escrita por mujeres, siendo la primera cuestión la de dilucidar, si ello fuera posible, si existe un género tal, quiero decir, el de la literatura escrita por mujeres, y de haberlo, en qué consiste y en qué se diferencia.

Mientras ello suceda, o no, bueno será prestar la mayor atención a este ramillete de escritoras y sus libros: Anna Maria Ortese: El mar no baña Nápoles y Silencio en Milán; Natalia Ginzburg: Léxico familiar y Las pequeñas virtudes; Marta Sanz: Farándula y Clavícula; Sara Mesa: Cicatriz; Susan Sontag: Cuestión de énfasis, Sobre la fotografía, La enfermedad y sus metáforas / El sida y sus metáforas y Ante el dolor de los demás; Clarice Lispector: La pasión según G.H.; Irène Némirovsky: Suite francesa; Adelaida García Morales: El Sur; Elena Ferrante: la saga “Dos amigas” (La amiga estupenda, Un mal nombre, Las deudas del cuerpo, y La niña perdida); Marguerite Yourcenar: Opus Nigrum; Catherine Meurisse: La levedad; Alison Bechdel: Fun home; Clémence Boulouque: Muerte de un silencio; y Carson McCullers: La balada del café triste.

Natalia Ginzburg

Natalia Ginzburg

Ambrosio Lacosta.

 

 

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Agatha Christie

En segundo lugar y para hacer un pequeño homenaje a las novelas de misterio leímos cada uno de nosotros una novela diferente de Agatha Christie con el fin de comentar la generalidad de su prolífica obra.

Agatha Christie

Conocimos pinceladas de su excéntrica vida y su adoración por las novelas de Arthur Conan Doyle y su personaje Sherlock Holmes, lo que le llevó a crear, igual que su ídolo, un héroe de referencia; de este modo  nació Hercules Poirot , protagonista de treinta y tres  de sus novelas, una obra de teatro y cincuenta historias cortas.

A lo largo de su exitosa carrera surgieron nuevos detectives para sus misterios como fueron  la adorable ancianita metomentodo Miss Marple y la pareja de detectives Tommy y Tuppence Beresford, además completó su obra con algunas novelas románticas escritas bajo el pseudónimo de Mary Westmacoot.

La estructura narrativa de sus obras de misterio es fácilmente reconocible porque siempre sucede en el mismo orden, primero se plantea un crimen sin resolver, a continuación se presenta una lista de sospechosos con sus múltiples motivos para perpetrar el asesinato y por último, se acomete la resolución del crimen y acusación del culpable. Esta dinámica ha sido copiada en películas, otros libros e incluso juegos.

Sus matrimonios le sirvieron de ayuda e inspiración para sus novelas ya que con  ellos conoció otros trabajos que luego aplico a sus obras, gracias a que su primer marido fuese parte activa del ejercito ella se alisto como enfermera y de allí procede su amplio conocimiento de drogas y venenos que usa en sus crímenes, su segundo marido le aportó grandes conocimientos en viajes, arte y arqueología.

Muchas de sus obras han sido llevadas al cine con gran éxito como es el caso de “Asesinato en el Orient  Express” de la que se han hecho varios remakes, o  “Testigo de cargo” con seis nominaciones a los Óscar.

La obra de teatro  “La ratonera” basada en su novela  “Tres ratones ciegos” ha batido récord de permanencia en los teatros de Londres con más de veinte mil representaciones a día de hoy.

Inés Mur.

 

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